Mi abuelo pasaba cada mañana un pincel por las flores de sus calabacines: me reí durante años antes de entender por qué tenía razón

Mi abuelo se levantaba antes que el sol, cogía un pincel fino de los que usaba para pintar figuritas de plomo y se plantaba delante de sus calabacines. Con una precisión de cirujano, rozaba el centro de una flor amarilla y luego la de al lado, como si estuviera dibujando algo invisible. Yo, con diez años, pensaba que mi abuelo se había vuelto un poco excéntrico. Hoy, con un huerto propio y varias cosechas fallidas a mis espaldas, entiendo que aquel ritual matutino no tenía nada de rareza: era pura biología aplicada con paciencia de artesano.

El calabacín tiene una particularidad que pocos cultivos comparten con tanta claridad: sus flores no son completas. Existen flores macho, con un tallo largo y fino, y flores hembra, reconocibles por un pequeño abultamiento en la base que es, ni más ni menos, el futuro calabacín. Las flores masculinas tienen los estambres, que es donde se produce el polen, y para diferenciarlas basta con fijarse en que sólo tienen una punta, mientras que las femeninas tienen el pistilo con tres estigmas terminales y en su interior se encuentra el ovario. Sin ese trasvase de polen de una flor a otra, no hay fecundación. Y sin fecundación, por muchas flores que llenen la mata, la cosecha se queda en nada.

Lo esencial

  • ¿Por qué algunas matas de calabacín dan muchas flores pero apenas producen frutos?
  • Existe una ventana de tiempo de solo horas para actuar—y tu abuelo lo sabía sin estudios científicos
  • Un simple pincel puede multiplicar tu cosecha: el conocimiento ancestral que la ciencia moderna redescubrió

El problema que mi abuelo había detectado sin saberlo

Durante años creí que su manía del pincel era cosa de la vieja escuela, un gesto heredado de otra época sin más sentido que la costumbre. Me equivocaba de medio a medio. La falta de polinización puede ser una de las causas de la escasa producción de calabacines, y el número de polinizadores en la naturaleza está bajando por diversas razones, como la reducción de sus hábitats debido a la urbanización y la expansión agrícola, el uso de pesticidas y la falta de plantas silvestres. Mi abuelo no leía estudios sobre el declive de las abejas. Simplemente observaba que, algunos años, las matas se llenaban de flores espléndidas y, sin embargo, apenas cuajaban tres o cuatro frutos. Había aprendido, a base de fracasos, que no podía confiar únicamente en que un abejorro pasara por allí en el momento justo.

Porque ahí está la trampa de esta hortaliza: cada flor vive apenas unas horas. Las flores de calabacín solo se abren unas horas al día, normalmente a primera hora de la mañana, que es cuando se tiene que aprovechar para realizar la polinización. Si ese día no pasa ningún insecto por el huerto, la flor se marchita sin haber cumplido su función y la planta pierde la oportunidad. Multiplicado por semanas de verano, el resultado es exactamente lo que mi abuelo había vivido: matas exuberantes, cosecha raquítica.

Cómo se hace, en realidad, lo que él hacía a ojo

El gesto que a mí me parecía casi cómico tiene un nombre técnico y una lógica impecable: polinización manual. Una vez identificadas ambas flores, se coge un pequeño pincel, se introduce en la flor macho, se mueve en su interior para recoger parte del polen y, a continuación, se pasa por la flor hembra. Nada más. Ni fertilizantes milagrosos, ni productos de vivero, ni trucos de internet. Un pincel de cerdas suaves y unos minutos cada mañana.

El momento importa tanto como el gesto. Es mejor polinizar las flores por la mañana, cuando el polen está más fresco, y conviene no dejarlo para el día siguiente porque, como explican quienes llevan años haciéndolo, las flores de calabacín están abiertas tan sólo unas horas, por lo que no se debe dejar de un día para otro la polinización de las flores abiertas, puesto que ya se habrán cerrado. Mi abuelo, sin ningún manual delante, había descubierto exactamente esa ventana de oportunidad. Salía al huerto en pijama, antes del café, porque sabía que a media mañana ya sería tarde.

Hay quien prefiere el bastoncillo de algodón al pincel, y también funciona igual de bien; lo esencial es transferir ese polvillo amarillo de un lado a otro sin dañar la flor. Basta con frotar suavemente el bastoncillo o pincel con polen sobre el pistilo de cada flor femenina que se quiera fecundar. En huertos pequeños, con pocas plantas, este detalle marca la diferencia entre tres calabacines flacos y una cesta llena cada semana.

Una costumbre de abuelo que hoy es casi una necesidad

Lo que en su día me parecía una manía de jubilado con demasiado tiempo libre, resulta que hoy es un consejo que repiten viveros, blogs de horticultura y guías de jardinería urbana casi al pie de la letra. La razón no es nostálgica, es práctica: los calabacines, al igual que muchas cucurbitáceas, requieren de insectos polinizadores para poder dar fruto, y uno de los principales inconvenientes del medio urbano en el que prosperan estos huertos es la falta de estos insectos. Terrazas, balcones, huertos comunitarios rodeados de asfalto: todos comparten el mismo problema que mi abuelo resolvía sin saber que tenía nombre.

Ya no me río cuando alguien saca un pincel al huerto. Ahora lo hago yo, cada mañana de junio a septiembre, y pienso en él cada vez que veo hincharse ese pequeño bulto verde detrás de la flor. No hace falta ser botánico ni tener manos de cirujano: solo un poco de paciencia y las ganas de mirar de cerca lo que la naturaleza, cada vez con menos ayuda de insectos, ya no siempre resuelve sola. ¿Cuántos otros gestos de nuestros abuelos, que nos parecían simples manías, escondían en realidad una lección de observación que hoy hemos tenido que redescubrir a base de cosechas frustradas?

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